Comprendernos como entidades complejas e interligadas a cada instante con todo alrededor, ser ese alrededor; ser infinitos es nuestra naturaleza, menos el límite que nos autoimponemos. Integrarse apunta a una cualidad innata de observación sin apego ni juicio, y es tan natural y tan fácil que lo único que se requiere es un espacio ventilado fresco y cálido. Tendidos boca arriba sentimos como se apoyan nuestros talones en el suelo, como se estiran nuestros dedos de los pies y buscamos el espacio entre ellos soltando esfuerzos innecesarios, prestamos atención al apoyo de nuestras pantorrillas, al espacio bajo las rodillas, a los muslos y el contacto con la tierra, al peso de la cadera, a la curva de la baja espalda, al lugar donde la espalda toca el suelo y a como apoyamos las costillas, como sentimos las costillas en el centro y los costados, atendemos el apoyo de nuestros hombros, su conexión con las clavículas y los brazos, con las manos que apuntan hacia arriba, oservamos sin juicio el apoyo del cuello, su pequeña curva y el espacio entre esta y el suelo, el apoyo del cráneo, soltamos la mandíbula, los ojos y nos relajamos, soltamos por un momento la atención vigilante que nos permitió darnos cuenta de nuestro cuerpo; este es un primer nivel, como una puerta de entrada a nuestra corporalidad infinita, podemos seguir profundizando en nuestra atención a la respiración, en nuestra coniciencia osea y articular, a los bloqueos o areas ciegas a nuestra propiocepción, podemos investigar en nuestra sensación del suelo, seguir derritiendo nuestros apoyos musculares hasta quedar tendidos pegados al suelo. Las posibilidades son inifinitas.
«Cóndor. Obra en cinco actos», de Raúl Ignacio Valenzuela
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Cuatro fragmentos IHubo aquí un jardín. Brotaban del suelo toda
clase de árboles. De aquí salió un manantial que regaba el jardín y que se
repartí...
Hace 7 horas
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